sábado, 13 de febrero de 2010

¿Qué es el arte?

Max Ernst: estatua (s. XX)

Máscara africana

La dualidad naturaleza/cultura ha marcado la manera occidental de relacionarse con el mundo.


Según esta clasificación, las obras de arte se distinguen de los entes reales o naturales (personas, animales, paisaje, etc.), si bien mantienen una relación con éstos, ya sea imitando las estructuras de crecimiento natural, como postulaba Aristóteles, ya sea imitando a la perfección, como si de un espejo se tratara, la apariencia de las formas naturales, como exponía (de manera muy crítica), o denunciaba, Platón.


Esta estructuración del mundo empezó a concebirse, quizá en la Grecia antigua, hacia el siglo IV aC (con Platón), y a fraguarse unos mil años más tarde, con el Renacimiento, hasta culminar a finales del siglo XVIII, cuando el arte dejó de tener cualquier relación con la Naturaleza.


Esta lenta separación entre la naturaleza y la cultura (arte, artesanía, etc.) se acompañó de una pérdida de significado o de valor por parte de la naturaleza, valores o contenidos que se fueron transfiriendo al arte. No obstante, al principio -durante el Renacimiento- el arte fue juzgado inferior a la naturaleza (es decir, se consideraba que su sentido y su belleza eran menores), hasta que, con el arte barroco, el mundo natural fue perdiendo significación o, mejor dicho, ésta solo pudo alcanzarse a través del arte, que exponía lo que la naturaleza, debido a sus deficiencias formales, era incapaz de comunicar con claridad.


Esta dualidad que recorre la visión occidental del mundo, desde la Grecia clásica (si bien es posible que no se manifestara, al menos con la misma nitidez, en la cultura celta), propia de la cultura greco-latina, sin embargo, es incapaz de explicar lo que las artes no occidentales, principalmente de culturas llamadas primitivas o tribales, significan. Éstas no se relacionan del mismo modo con la naturaleza y, por tanto, su sentido y su valor no reside en la competición que mantienen con el mundo no creado por el hombre.


Éste es el postulado del antropólogo y teórico de las artes (el más interesante actualmente), Philippe Descola, profesor en el Collège de France en París, y responsable de la exposición, sin duda innovadora y apasionante, La fabrique des images en el Museo del Quai Branly de París.Descola sostiene que las culturas primitivas también organizan el mundo, pero de un modo muy distinto al nuestro. Distinguen, no entre objetos naturales y artificiales (creados por el hombre), sino entre objetos dotados de vida interior y objetos cuya existencia o razón de ser reside en su sola existencia física, es decir, de algún modo, entre espíritus y formas o cuerpos.

Según este visión del mundo, las creaciones humanas no se distinguen de los entes naturales porque, al igual que éstos, están dotados de energía, de fuerza vital: los espíritus residen en ellas. Animales, seres humanos, hitos naturales y productos humanos forman parte de un mismo tipo de entes. El "arte" (los fetiches) es tan "humano" (dotado de un mismo espíritu o hálito) que una persona, un animal o una montaña.Esto no significa que no se puedan distinguir las creaciones humanas de la naturaleza. Aquéllas son como las naturales, pero mantienen la misma distancia que animales, humanos y elementos naturales mantienen. La relación con el mundo que el "arte" tiene, no se basa en la imitación, sino que obedece a tres tipos de ligámenes: el animismo, el totemismo y el analogismo. Según cada uno de estos modos de relación, una "obra de arte" (un fetiche o un ídolo, por ejemplo, pero también cualquier objeto utilizado en un ritual) no tiene porque parecerse a un ente natural (una persona , un animal, un árbol, etc.), sino que tiene que poseer el mismo tipo de "ánima" o fuerza (en el caso del animismo); estar en conexión (espiritual, pero también física, utilizando un mismo material) con lo que ha originado un tipo de seres, un animal, por ejemplo, que un totem encarna;o estar dotado de algún tipo de fuerza, energía o espíritu que complete el que otros entes, "artificiales" y naturales, poseen (también parcialmente), concibiéndose, de este modo, como la parte de un gran todo.Esta concepción de la relación del arte con el mundo es extraña, sin duda, a la visión occidental del arte (su relación con el mundo, y su significado).


Pero, postula Descola, mientras no se aplique para apreciar y entender lo que las "artes" primitivas son y significan, no lograremos apreciarlas en su justo valor, de acuerdo con los parámetros con los que fueron compuestas y, por tanto, su importancia y aportación no escapará siempre. Y, por otra parte, estas concepciones puedan ayudarnos a entender el arte más antigo occidental, valorar mejor el arte nacido desde Grecia, y, quizá apreciar dónde se sitúa el arte contemporáneo, que podría haber retomado, no se sabe si con acierto (y con el mismo sentido), algunos de los postulados de las artes primitivas.


Nota:


El término arte u obra de arte, aplicado a la producción no occidental, es, en verdad, impropio. Arte es un concepto que pertenece a la tradición greco-latina, y que designa exclusivamente a producciones habilidosas manufacturadas por el hombre (o los dioses, cuando éstos se comportan como los humanos). Cuando un ente es designado por el término de arte o de obra de arte, se pretende destacar que se trata de una creación humana, en la que prima el saber hacer o el buen hacer del hacedor o creador.


Por el contrario, las "obras" primitivas o de sociedades tradicionales -al igual que las de la antigüedad occidental (y, en parte, medieval y renacentista)- no son consideradas como productos humanos sino como creaciones de la naturaleza, o de los "espíritus", en las que el papel del artesano o del mago se ha limitado a ayudar a que la "obra" se materialice, pero en las que no se destaca ningún saber o don humanos. El artesano o mago se ha puesto al servicio de potencias sobrenaturales para ayudarlas a dar forma y vida a los fetiches, estatuillas u objetos en los que las fuerzas sobrenaturales se manifiestan.

Es cierto que la concepción del arte cambió en Occidente en el siglo XVIII. Ya no se trataba de fabricar objetos útiles, técnicamente irreprochables, sino bellos, causantes de un moderado placer (esta insistencia en la bondad técnica también se aplicaba a las "artes mayores" -pintura, escultura, arquitectura-, ya que las faltas, los errores, tanto en el proyecto cuanto en la ejecución, no eran de recibo; los talleres, que competían entre sí, aspiraban a una fabricación excelente, -de ahí, el crédito dubitativo que merecían las pinturas y frescos de Leonardo, "mal" pintados). La nueva concepción del arte, surgida a finales del clasicismo, alejaba aún más el concepto occidental del arte del de sociedades tradicionales o primitivas, para las que ni la técnica ni la belleza eran tenidas en cuenta a la hora de valorar una pieza o, mejor dicho, no eran consideradas obra de los artesanos o los magos, sino de los "espíritus".


La "creación", en este caso, es entendida como una operación mágica, y no artística o artesana. El ser humano no aporta nada. No se requiere que posea talento o sabiduría. La "obra" no depende de él. Él no es considerado el autor o creador, sino solo el mediador entre lo invisible y la materia.

Esta concepción, sin embargo, no es extraña al mundo occidental, incluso ahora. Pensemos que un artista como Beuys, hace unos treinta años, se consideraba como un chamán, que daba vía a fuerzas creadoras inexcrutables, y no como un artista convencional.



http://www.quaibranly.fr/fr/programmation/expositions/prochainement/la-fabrique-des-images.html


http://www.college-de-france.fr/default/EN/all/anthrop/index.htm

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