jueves, 11 de marzo de 2010

ASIGNATURA TRONCAL (MAÑANAS): Resumen de la clase del 10 de marzo de 2010: estética e imagen, o los poderes de la imagen



La asociación coloquial entre estética y peluquería muestra bien que la estética tiene que ver con la imagen y, en concreto, con la "apariencia" (la "manera" o "forma" de mostrarse).
Cuidar (de) la imagen significa acicalarse, "arreglarse" (poder orden en la apariencia o imagen de uno; orden, en greigo, se decía "cosmos", de ahí cosmética: los centros de estética son, habitualmente, centro de peluquería y cosmética). La imagen, entonces, se asocia a lo superficial, anecdótico, irrelevante. Lo "auténtico", lo "verdadero", tiene que ver más con el descuido, ya que no se da importancia a la manera de mostrarse sino de "ser".
Este descrédito de la imagen, cobra, para el filósofo (y teórico de las artes) griego Platón, un giro inesperado, y revela el complejo estatuto de la imagen.
Platón condena las imágenes miméticas (espectáculos teatrales, poesía, pintura) por su irrevelancia ante la "verdadera" realidad, que ni siquiera es lo que nos rodea, sino realidades invisibles, celestiales, "ideales" -ideia, en griego, significaba"pura" forma, forma inmaterial y, por tanto, inalcanzable-. Contemplar imágenes conlleva perder el tiempo, según Platón, un tiempo que debería destinarse a acciones y entidades más "consistentes". Las imágenes, en efecto, eran y son impalpables, como muestra el hermoso final de la película Los abrazos rotos de Almodóvar, en la que el protagonista ciego acaricia una pantalla de ordenador queriendo o creyendo acariciar la imagen de su amante -que no se halla "debajo de la pantalla" sino en ningún lugar: no es nada; no tiene "cuerpo".
Pasar el tiempo ante lo que no tiene "consistencia" es, ciertamente, un error o un mal. El tiempo pasa sin que nada nos pase.
Sin embargo, la condena platónica de las imágenes -que ha condicionado toda la teoría del arte occidental, hasta las vanguardias, incluso en el islam (en cuya condena se mezcla el temor de los pueblos semitas pre-islámicos -hebreos, árabes-, marcados por los espejismos engañosos del desierto, ante las imágenes, y las advertencias platónicas)- es muy severa: Platón exige que los fabricantes de imágenes (titiriteros, cómicos de la legua, actores, autores, pintores, etc.) sean desterrados o condenados a muerte.
Esta violenta reacción, este rechazo tan duro de las imágenes espejeadas (reflejadas en superficies brillantes que deslumbran o ciegan) o artísticas, revela, paradójicamente, que Platón se tomaba muy en serio las imágenes y conocía, como él mismo revela cuando comenta sus sensaciones a la escucha de la lectura de los poemas homéricos, su capacidad de entretener (es decir, de tener enredado, detenido) y fascinar: las imágenes no eran, entonces, entidades inútiles o insustanciales, sino que, por el contrario, eran muy capaces de turbar o alterar la realidad. ¿Quien no se ha emocionado -es decir, quien no ha sentido el impacto, la fuerza de una imagen- ante una escena filmada, emoción que una escena semejante, pero real, dejaría indiferente?
Siendo nada, en principio, la imagen perturba. Nunca nada tan poco importante ha tenido tanta importancia: afecta más que la propia realidad, como bien saben los fotoperiodistas.


En muchas culturas, aún hoy en día, las imágenes (al menos, las religiosas) están proscritas: en los días más duros del poder talibán, en Afganistán y en áreas de Pakistán, ninguna imagen podía ser creada ni contemplada, so pena de muerte.

La destrucción de las imágenes (como la voladura de las gigantescas estatuas de Buda esculpidas en la roca, por parte de los talibanes, en Afganistán, en 2001 -fecha significativa-, o los inevitables derribos de estatuas de gobernantes a punto de caer -como aconteció en Bagdad en 2004 cuando una estatua de bronce de gran tamaño del presidente Sadam Husein fue echada abajo -véase las imágenes en una entrada anterior-) revela el poder de las imágenes, capaces de alterar el curso de la tierra. Las imágenes son entidades vivas, mágica y misteriosamente conectadas con aquello que representan, y capaces, entonces, de transmitir o transferir a la realidad figurada todo lo que les ocurre. El derribo de una estatua en un acto que sustituye la deposición de un gobernante, y tiene los mismos efectos; éste caerá porque su imagen, que lo representa o sustituye, ha caído. Lo que la imagen sufre se trasfiere a lo que representa. De algún, modo, la imagen confirma la realidad. Constituye un universo paralelo conectado con el real, todo lo que acontece en el primero inevitablemente destiñe sobre el segundo.

Nota: esta observación dio lugar a una serie de preguntas, apasionantes y de difícil respuesta, sobre la posible equivalencia entre el derribo de la estatua de Buda en Afganistán y la destrucción de las torres gemelas en Nueva York. ¿Son actos comparables? Creo que existe al menos una diferencia. En la destrucción de las estatuas, de cualquier estatua, se pretende dañar, incluso eliminar al modelo (y a todo lo que encarna) -y, posiblemente, si se tuviera acceso a él, lo que caería primero sería el gobernante, no su efigie-, pero la muerte es simbólica. Se trata además de la caída de una persona (que simboliza toda una serie de males). Mientras que la destrucción de un edificio causa la muerte directa, e indiscriminada. Se quiere matar directamente a todo el mundo. Una frontera ha sido cruzada: la que separa el ámbito del arte (reflejo del mundo "real", cotidiano, sin duda, y con el que mantiene toda clase de contactos, pero mundos separados, al fin) del mundo real. En un caso en un atentado por derrogación, un acto sustitutorio (y puede ser adimirado); en el segundo, la matanza es real. De algún modo, es como si un actor matará "de verdad" a otro actor (matando, pues, no al presonaje que aquél representa, sino al actor que presta su cuerpo para que el personaje cobre vida); incluso en los rituales antiguos más sanguinarios, la ejecución de las víctimas siempre provocaba graves sentimientos de culpa, y la falta -ya que el sacrificio era considerado una falta mortal, aunque necesaria para la supervivencia de la tribu- debía ser purgada, expiada. No quedaba impune.

Por tanto, la imagen es y no es insustancial. No es real, y, sin embargo, es más real que la propia realidad, la cual se ve sometida por aquélla, capaz de atraernos y seducirnos más que la realidad que nos envuelve.

La estética, entonces, tiene que ver con la imagen. Es un modo de análisis del mundo a través de la imagen que obtenemos de él: una imagen que captamos a través de los sentidos, y de debemos analizar para saber que significan las cosas que percibimos: la imagen captada transmite el sentido de o significado de lo que observo u estudio.

Nota: Recordemos que la estética se pregunta por el sentido de las formas naturales, mientras que la teoría del arte, que es lo que estamos, en verdad, estudiante, interroga a las creaciones artificiales: las obras de arte o imágenes artísticas (filmadas, pintadas, esculpidas, descritas, etc.), cuyo significado, no obstante, se tiene que revelar a través del contacto sensorial, de la imagen captada (vista, oida, olida) por los sentidos. El misterio de la mona Lisa solo podrá proceder de mi contemplación, de la imagen que recibo -y que analizaré (mejor o correctamente) gracias a todos los conocimientos que haya adquirido.

¿Es eso posible? ¿Cómo?

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