sábado, 5 de marzo de 2011
Asignatura optativa: resumen de la clase del 1 de marzo de 2011. El plano y la realidad
La ceremonia de la primera piedra consiste en la deposición de objetos -u ofrendas- a o en la tierra, en el sitio en el que posteriormente se colocarán los cimientos del edificio cuya obra se inicia. Dicho acto, practicado para edificios principalmente públicos, está presidido por autoridades o personalidades públicas (desde presidentes de gobierno hasta figuras del espectáculo).
La ceremonia culmina con la entrega en la tierra de un paralelepípedo de piedra o de hormigón (la "primera piedra") en el que se ha insertado un cilindro de aluminio herméticamente cerrado que contiene una serie de objetos de escaso precio pero alto valor. Destaca una copia de los planos del edificio.
Dado que es muy difícil que ningún humano los descubra -el edificio cuya construcción se inicia sepultará estos documentos-, al menos durante muchos años, estos documentos no se guardan para los estudiosos ni las generaciones venideras. Sin embargo, todo el esfuerzo vertido en esta ceremonia implica que se considera importante que esta entrega se lleve a cabo.
Si la razón de ser del acontecimiento no es de orden práctico -es difícil que alguien alcance a decubrirlos si se necesitaran, dado que los cimientos no son ¡archivos de fácil acceso!-, su sentido, si lo tuviera, sería de cariz simbólico.
Nadie sabe a fe cierta porque esta actuación se organiza con cierta pompa y circunstancia. Lograr que la Princesa Estefanía de Mónaco, la cantante Madonna, o un presidente de gobierno, acudan a presidirla y pongan las manos en la masa -abriendo una zanja, manejando una paleta, utilizando hormigón, etc.-, no es fácil, por lo que se debe considerar que algo esencial aporta a la obra.
Los planos del edificios se incluyen entre los objetos o materiales entregados a la tierra. Un gesto que se practica desde la noche de los tiempos, cuando piedras grabadas o tablillas de terracota con la planta del edificio inscrita ya se practicaban en el Egipto faraónico y Mesopotamia.
A diferencia de una representación en perspectiva que no permite saber las medidas reales de un edificio, las plantas y los alzados, trazados a escala, proporcionan una imagen veraz, ya que resultan de la proyección ortogonal de un volumen sobre un plano. Cada cara del edificio se imprime en el soporte. De este modo,imagen y modelo coinciden punto por punto. Dispongo de toda la información necesaria sobre la forma y proporciones de lo que se va a construir, información que la memoria escrita completa. De algún modo, es como si ya tuviera el edificio contenido en los datos gráficos y escritos del proyecto de arquitectura y constructivo.
La relación entre un plano y un edificio es similar a la que mantiene un boceto y una obra de arte. Pero mientras un boceto es un apunte, una imagen de la obra completa, el plano apunta hacia el edificio: Lo trae a colación.
Se pueden levantar planos de edificios existentes, mas la mayoría de los planos que los arquitectos realizan se refieren a edificios por construir. Sin embargo, éstos podrán ser llevados a cabo sin problemas ni dudas -de hecho la dirección de obra no incumbe siempre al proyectista- gracias a la información que los planos proporcionan, como si el edificio ya estuviera en ciernes en los planos y la memoria descriptiva.
El edificio, por tanto, surge del proyecto. Éste lo anuncia y lo presenta. El edificio, inexistente aún, ya tiene una realidad anticipada (tal es el significado del substantivo proyecto o pro-yecto: viene del latín pro-jaccio, que significa plantar o hincar (en el suelo) a la vista de todos, a cierta distancia o antes de tiempo). Gracias a los planos, podemos saber cómo será, qué "ser" tendrá. "Es" ya, ante nosotros, cobra "existencia" antes de presentarse físicamente. Y cuando acontezca no diferirá para nada de lo que el proyecto pronostica. Punto por punto coincidirá con la información gráfica que el plano brinda.
Así pues, el edificio surge del proyecto. Sin éste, no existiría, al menos como "proyecto unitario", como ser bien articulado, convenientemente planificado y creado.
El proyecto es el germen del edificio.
Éste se alza sobre la planta trazada en el suelo, sobre el replanteo de los límites del edificio. Antes de obrar, es necesario dibujar sobre la tierra el lugar exacto que el edificio ocupará y sobre el que se asentará.
Ocurre que dicha planta, trazada en el terreno, necesariamente coincide con la planta dibujada. No es sino una proyección de ésta. Por tanto, el edificio se asienta y crece desde o partir de la planta en el terreno. Y la coincidencia entre esta planta y la planta baja del edificio tiene que ser absoluta. El edificio tiene que ocupar y cubrir la totalidad del trazado en en solar, sin apartarse de él -a menos de cambios en la obra, que exigen, previamente, cambios en el proyecto-.
Ambas plantas, en el terreno y en el plano a escala, coinciden. Por tanto, el edificio brota del plano. Éste no solo lo anuncia, sino que lo trae a colación: le da nacimiento. Si los planos no estuvieran depositados en la tierra, ocurriría lo mismo que si tratáramos de obtener frutos sin sembrar. Las simientes son imprescindibles si queremos que las plantas, los entes vivos crezcan.
El edificio se construye, entonces, porque existe un proyecto previo, que está en la base de la construcción. En la base en sentido literal: se halla depositado bajo el edificio en ciernes; ocupa el lugar exacto que será posteriormente ocupado por la obra.
Pero eso implica que consideramos que un edificio se alza como crecen las plantas y los árboles: ocupan el espacio a partir de un germen.
Esta asociación entre un edificio y un árbol es inmemorial. En todas las culturas los cimientos, el cuerpo y la cubrición de un edificio han sido comparados con las raíces, el tronco y la copa de un árbol. Éste ofrece un abrigo, protege, aporta una sombra bienhechora al igual que un edificio. Por otra parte, el árbol, al igual que el edificio, mantiene unidos y bien articulados, en el lugar que les corresponden, a los tres niveles del cosmos: el subsuelo (el espacio inferior o infernal), el mundo visible o terrenal, y el espacio superior celestial. Gracias a los árboles, considerados columnas cósmicas, las potencias que reinan en cada nivel se comunican, y mantienen el cosmos unido y organizado. El caos, cuando todo vuelve a un estado indiferenciado, queda ahuyentado gracias al árbol.
Un edificio, toda obra de arquitectura, se comporta como un árbol o un pilar cósmica: es el testimonio que el ser humano -y, anteriormente las potencias sobrenaturales- han logrado ordenan el mundo, y lo mantienen con el orden debido.
Un edificio simboliza, así, la creación: es el resultado de un acto creativo gracias al cual se habilita un espacio, o el espacio.
lunes, 28 de febrero de 2011
Estética: Miradas y proyecciones.
Aquí cuelgo algunos ejemplos de miradas, filmaciones, proyecciones y acontecimientos en lugares urbanos y arquitecturas de la ciudad que un compañero vuestro nos recomienda tener en cuenta para posibles ideas respecto a la práctica (claro que técnicamente algunas no están a vuestro alcance, pero resultan muy interesantes).
http://www.narkolepsy.com/progMercredi.php
http://blinkenlights.net/arcade
http://www.dailydawdle.com/2010/09/10-best-lifes-too-short-for-wrong-job.html
http://blog.makezine.com/archive/2010/08/paint-windshield-wiper-rainbow-mach.html
http://www.fubiz.net/2010/06/04/land-art/
http://www.ignant.de/2010/06/15/sandrine-estrade-boulet/
http://www.iparkart.com/
Aportación de Thomas Robert
http://www.narkolepsy.com/progMercredi.php
http://blinkenlights.net/arcade
http://www.dailydawdle.com/2010/09/10-best-lifes-too-short-for-wrong-job.html
http://blog.makezine.com/archive/2010/08/paint-windshield-wiper-rainbow-mach.html
http://www.fubiz.net/2010/06/04/land-art/
http://www.ignant.de/2010/06/15/sandrine-estrade-boulet/
http://www.iparkart.com/
Aportación de Thomas Robert
Asignatura troncal: inscritos al seminario de Thomas Stellmach sobre la ciudad árabe contemporánea
Thomas Stellmach (Berlín, 1975), de las universidades de Berlín (Alemania) y Berlage (Países Bajos), inpartirá, en inglés un taller práctico y participativo sobre la ciudad árabe contemporánea (El Cairo, Alepo, Damasco, etc.), los días sábado 2 y 9 de abril en un aula anunciada próximamente.
El taller se impartirá en inglés, tal como fija la ayuda del Ministerio de Educación y Cultura y la UPC (Mobilidad del Personal Académico Extranjero) para este tipo de actividades.
Se han inscrito al taller las personas siguientes (lista aún provisional):
Cristina Acosta Martínez
Alba Alsina Maqueda
Luis Bellera Fernández de la Cruz
Clea Granados Nikolaidon
Gerad Guerra López
Irene Hidalgo Gadea
Beatriz Lezáun Guinouláin
Valentina di Mascio
Manuel Rodríguez López
Aina Santos i Cabré
Inés Llopart
Anna Terradas
Joris Menno van Oeveren
Guillem Grau
Raquel Jiménez
Clea Granados
Martin Sunjic
No recuerdo si:
Isabel Martín Sandonis
Ana Isabel Muñoz Guillen
se han inscrito.
Otras personas se decidirán antes de mediados de marzo.
Thomas Stellmach, que estudió arquitectura (título: 2003) y filosofía, fundó y dirige el estudio Uberbau. Architecture & Urbanism.
Véase también, la web del Berlage Institute.
domingo, 27 de febrero de 2011
Asignatura optativa: resumen de la clase del martes 22 de febrero de 2011
Toda o casi toda obra pública, en España (y, sin duda, en Iberoamérica) se inicia con la llamada colocación de la primera piedra.
Se trata de un ritual que obedece a un desarrollo no escrito, determinado por la costumbre. Escenificado cuando el terreno ha sido desbrozado y las zanjas en las que la cimentación va a ser depositada, son figuras públicas, políticas o no (desde presidentes del gobierno y alcaldes hasta luminarias como, por ejemplo, recientemente, la baronesa Thyssen o Madonna) quienes lo protagonizan en detrimento de arquitectos, constructores y promotores, los cuales quedan en un discreto segundo o tercer lugar, pese a que pueden ser considerados como los autores o responsables de la obra. Sin embargo, la responsabilidad, sino la autoría, recae en las figuras antes descritas.
En tiempos remotos, magos, chamanes, hechiceros eran hacedores; o, mejor dicho, todos los artistas y artesanos (pintores, escultores, arquitectos, ceramistas, herreros, tejedores, músicos, poetas y recitadores, actores, etc.) eran considerados seres superiores o en contacto con potencias superiores. El trabajo manual e intelectual fascinaba tanto que sus responsables estaban dotados de una aureola de sacralidad.
Mas, ya en tiempos históricos (por ejemplo, hacia el siglo VIII aC, en la Grecia antigua), la creación o producción artística y artesana siguió siendo admirada, mas la suerte y el prestigio de sus autores decayó. Eran figuras que trababan contacto con la materia, considerada impura. En la República platónica, los filósofos, sacerdotes y gobernantes encabezan el estrato social más elevado; los artesanos y artistas quedan al nivel de los agricultores, en el tercer y último estrato. Algún autor clásico llegó a escribir que si el arte era admirado, la suerte de los artistas era una desdicha, y que no cabía mayor desgracia que tener hijos que quisieran ser artistas o artesanos. En la Roma imperial, su relevancia social decayó tanto que fueron reducidos a la esclavitud. Esa suerte tardó en cambiar. Solo a partir del siglo XVI, en solo en ciertas ciudades europeas, el prestigio, no solo de las obras de arte, sino de sus responsables, aumentó. Mas, incluso a principios del siglo XX -y quizá incluso más tarde- querer ser artista era una desdicha. Se pensaba que la vida del creador iba a ser una desgracia o una ruina. Quizá con razón.
La creación artesana y artística daba lugar a imágenes e instrumentos útiles y necesarios para controlar y dominar el mundo: desde los fetiches mágicos hasta los apeos de labranza, todas las técnicas y todas las obras de arte o artesanía ayudaban a que el ser humano pudiera poner el mundo a su servicio: se abrían canales de regadío, se labraba la tierra, se construían ciudades y templos, se forjaban armas de caza y de guerra, etc. Todas esos conocimientos no podían ser fruto del simple ingenio humano. Quienes los habían descubierto y quienes los practicaban tenían que ser unas figuras de rango superior, en contacto con las potencias sobrenaturales, inspiradas por ésas. De algún modo, recreaban la creación del mundo o la completaban. Esos seres no podían ser unos simples operarios, que trabajaban duramente, encorvados, la tierra, de sol a sol, ni artesanos encerrados en sucios y ruidosos talleres, bregando penosamente con materiales que se les resistían. Un ceramista, un herrero no podía ser un rival de los dioses. Quienes sí podían compararse con ésos eran los gobernantes y los sacerdotes; y los artesanos, artistas y arquitectos solo eran la mano de obra de los verdaderos responsables de la creación. Quien decidía y, por tanto, tenía que ser considerado el autor "espiritual" (que no "material") de una obra, era el rey o el sacerdote. Mas, implicado en tareas elevados, no tenía tiempo de poner las manos en la masa, ni tenía porque hacerlo. Tenía una corte de artesanos más o menos esclavizados que trabajaban a partir de sus indicaciones; más o menos cómo aún funcionan algunos estudios de artistas y arquitectos (si bien, en este caso, los artistas y arquitectos son como los antiguos monarcas, y los trabajadores, como los artesanos de otrora).
Aún hoy queda un recuerdo de esta visión de la creación. Fuera del estrecho círculo de profersionales, solemos atribuir la autoría o responsabilidad de grandes obras públicas a representantes políticos, no a artistas y arquitectos. La renovación de Madrid, su red de infraestructuras (autopistas, túneles, etc.), es del alcalde Ruiz Gallardón, no de los arquitectos e ingenieros que la idearon y la han llevado a cabo: de igual modo, todo el proyecto urbanístico y arquitectónico de la Barcelona olímpica recae en el alcalde de por el aquel entonces (Pascual Maragall), no en los arquitectos y urbanistas (muchos de los cuales han caído en el olvido) que proyectaron y construyeron las obras.
Por eso, son los poderes públicos quienes protagonizan la colocación de la primera piedra, cuyo sentido o significación aún no sabemos a qué responde. Aunque, sin duda, podemos suponer que su utilidad no es de orden práctico. Por tanto, tiene que ser simbólico o mágico: un acto profiláctico, que tiene que tener como fin la protección, no física, sino mágica, de la obra que se va a levantar.
Sin embargo, esta "divinización" del representante público, considerado como un creador (o Creador), no concuerda con las acciones que lleva a cabo en esa ceremonia. Pese a ir vestido como para un acto público, trajeado, encorbatado, o con zapatos de tacón vertiginoso (en el caso de representantes políticas y de figuras públicas), lo cierto es que se colocan un casco, un chaleco de seguridad (como si fueran a trabajar "de verdad", manualmente, como si se fueran a implicar físicamente en la construcción o puesta en obra), y toman palas, paletas y paletines. Es decir, se comportan como un operario, un trabajador manual. ¿No es contradictorio con el escaso crédito que merece el artesano?
Este comportamiento no es reciente. Reproduce una acción ancestral. Ya los reyes mesopotámicos, hace cinco mil años, y los faraones, también hace milenios, no dudaban en hacer ver que obraban, usando instrumentos de construcción, adoptando un comportamiento que debía ser considerado impropio de un gobernante. ¿Por qué? Por qué, precisamente, era impropio. El rey se humillaba: fabricaba el primer ladrillo, amasaba la masa y lo moldeaba, lo depositaba en un cesto que cargaba, pesadamente, sobre su cabeza, y lo depositaba en la zanja. El trabajo manual era duro. Era lo que buscaba. Quería mostrar que se inclinaba ante la divinidad -cuyo templo o cuya ciudad construía-. De ese modo, la ofrenda que realizaba, un edificio o una ciudad, era incomparable. Nadie había hecho tanto, nadie había presentado un regalo semejante. Así, no solo se conseguía (o se perseguía) que los dioses, complacidos, favorecieran la ciudad y el monarca, sino que el prestigio de éste aumentaba dada la enormidad de la ofrenda. La humillación del monarca conllevaba su paradójico ensalzamiento.
Algo que, instintiva o calculadamente, Madonna o Aznar tenían que intuir.
Haciendo ver que se comportaban como un operario (como un simple mortal) aumentaba su grandeza, su diferencia con el pueblo llano.
La arquitectura es un verdadero "opus dei" -un obra divina.
Se trata de un ritual que obedece a un desarrollo no escrito, determinado por la costumbre. Escenificado cuando el terreno ha sido desbrozado y las zanjas en las que la cimentación va a ser depositada, son figuras públicas, políticas o no (desde presidentes del gobierno y alcaldes hasta luminarias como, por ejemplo, recientemente, la baronesa Thyssen o Madonna) quienes lo protagonizan en detrimento de arquitectos, constructores y promotores, los cuales quedan en un discreto segundo o tercer lugar, pese a que pueden ser considerados como los autores o responsables de la obra. Sin embargo, la responsabilidad, sino la autoría, recae en las figuras antes descritas.
En tiempos remotos, magos, chamanes, hechiceros eran hacedores; o, mejor dicho, todos los artistas y artesanos (pintores, escultores, arquitectos, ceramistas, herreros, tejedores, músicos, poetas y recitadores, actores, etc.) eran considerados seres superiores o en contacto con potencias superiores. El trabajo manual e intelectual fascinaba tanto que sus responsables estaban dotados de una aureola de sacralidad.
Mas, ya en tiempos históricos (por ejemplo, hacia el siglo VIII aC, en la Grecia antigua), la creación o producción artística y artesana siguió siendo admirada, mas la suerte y el prestigio de sus autores decayó. Eran figuras que trababan contacto con la materia, considerada impura. En la República platónica, los filósofos, sacerdotes y gobernantes encabezan el estrato social más elevado; los artesanos y artistas quedan al nivel de los agricultores, en el tercer y último estrato. Algún autor clásico llegó a escribir que si el arte era admirado, la suerte de los artistas era una desdicha, y que no cabía mayor desgracia que tener hijos que quisieran ser artistas o artesanos. En la Roma imperial, su relevancia social decayó tanto que fueron reducidos a la esclavitud. Esa suerte tardó en cambiar. Solo a partir del siglo XVI, en solo en ciertas ciudades europeas, el prestigio, no solo de las obras de arte, sino de sus responsables, aumentó. Mas, incluso a principios del siglo XX -y quizá incluso más tarde- querer ser artista era una desdicha. Se pensaba que la vida del creador iba a ser una desgracia o una ruina. Quizá con razón.
La creación artesana y artística daba lugar a imágenes e instrumentos útiles y necesarios para controlar y dominar el mundo: desde los fetiches mágicos hasta los apeos de labranza, todas las técnicas y todas las obras de arte o artesanía ayudaban a que el ser humano pudiera poner el mundo a su servicio: se abrían canales de regadío, se labraba la tierra, se construían ciudades y templos, se forjaban armas de caza y de guerra, etc. Todas esos conocimientos no podían ser fruto del simple ingenio humano. Quienes los habían descubierto y quienes los practicaban tenían que ser unas figuras de rango superior, en contacto con las potencias sobrenaturales, inspiradas por ésas. De algún modo, recreaban la creación del mundo o la completaban. Esos seres no podían ser unos simples operarios, que trabajaban duramente, encorvados, la tierra, de sol a sol, ni artesanos encerrados en sucios y ruidosos talleres, bregando penosamente con materiales que se les resistían. Un ceramista, un herrero no podía ser un rival de los dioses. Quienes sí podían compararse con ésos eran los gobernantes y los sacerdotes; y los artesanos, artistas y arquitectos solo eran la mano de obra de los verdaderos responsables de la creación. Quien decidía y, por tanto, tenía que ser considerado el autor "espiritual" (que no "material") de una obra, era el rey o el sacerdote. Mas, implicado en tareas elevados, no tenía tiempo de poner las manos en la masa, ni tenía porque hacerlo. Tenía una corte de artesanos más o menos esclavizados que trabajaban a partir de sus indicaciones; más o menos cómo aún funcionan algunos estudios de artistas y arquitectos (si bien, en este caso, los artistas y arquitectos son como los antiguos monarcas, y los trabajadores, como los artesanos de otrora).
Aún hoy queda un recuerdo de esta visión de la creación. Fuera del estrecho círculo de profersionales, solemos atribuir la autoría o responsabilidad de grandes obras públicas a representantes políticos, no a artistas y arquitectos. La renovación de Madrid, su red de infraestructuras (autopistas, túneles, etc.), es del alcalde Ruiz Gallardón, no de los arquitectos e ingenieros que la idearon y la han llevado a cabo: de igual modo, todo el proyecto urbanístico y arquitectónico de la Barcelona olímpica recae en el alcalde de por el aquel entonces (Pascual Maragall), no en los arquitectos y urbanistas (muchos de los cuales han caído en el olvido) que proyectaron y construyeron las obras.
Por eso, son los poderes públicos quienes protagonizan la colocación de la primera piedra, cuyo sentido o significación aún no sabemos a qué responde. Aunque, sin duda, podemos suponer que su utilidad no es de orden práctico. Por tanto, tiene que ser simbólico o mágico: un acto profiláctico, que tiene que tener como fin la protección, no física, sino mágica, de la obra que se va a levantar.
Sin embargo, esta "divinización" del representante público, considerado como un creador (o Creador), no concuerda con las acciones que lleva a cabo en esa ceremonia. Pese a ir vestido como para un acto público, trajeado, encorbatado, o con zapatos de tacón vertiginoso (en el caso de representantes políticas y de figuras públicas), lo cierto es que se colocan un casco, un chaleco de seguridad (como si fueran a trabajar "de verdad", manualmente, como si se fueran a implicar físicamente en la construcción o puesta en obra), y toman palas, paletas y paletines. Es decir, se comportan como un operario, un trabajador manual. ¿No es contradictorio con el escaso crédito que merece el artesano?
Este comportamiento no es reciente. Reproduce una acción ancestral. Ya los reyes mesopotámicos, hace cinco mil años, y los faraones, también hace milenios, no dudaban en hacer ver que obraban, usando instrumentos de construcción, adoptando un comportamiento que debía ser considerado impropio de un gobernante. ¿Por qué? Por qué, precisamente, era impropio. El rey se humillaba: fabricaba el primer ladrillo, amasaba la masa y lo moldeaba, lo depositaba en un cesto que cargaba, pesadamente, sobre su cabeza, y lo depositaba en la zanja. El trabajo manual era duro. Era lo que buscaba. Quería mostrar que se inclinaba ante la divinidad -cuyo templo o cuya ciudad construía-. De ese modo, la ofrenda que realizaba, un edificio o una ciudad, era incomparable. Nadie había hecho tanto, nadie había presentado un regalo semejante. Así, no solo se conseguía (o se perseguía) que los dioses, complacidos, favorecieran la ciudad y el monarca, sino que el prestigio de éste aumentaba dada la enormidad de la ofrenda. La humillación del monarca conllevaba su paradójico ensalzamiento.
Algo que, instintiva o calculadamente, Madonna o Aznar tenían que intuir.
Haciendo ver que se comportaban como un operario (como un simple mortal) aumentaba su grandeza, su diferencia con el pueblo llano.
La arquitectura es un verdadero "opus dei" -un obra divina.
Yevhen Slabchenko (Eugène Deslaw): Noches eléctricas (1927-1928)
En relación al ciclo de películas sobre cine de vanguardias y ciudad que se proyecta en esos días en la ETSAB (dirección: Antonio Pizza), Noches eléctricas (del ucraniano Yevhen Slabchenko, conocido también como Eugène Deslaw, 1989-1966), muestra la ciudad de noche, como una máquina de movimiento incesante (filmaciones en París, Berlín y Praga).
El blog www.tochoocho.blogspot.com presenta diversos documentales de vanguardia sobre la ciudad moderna no incluidos en el presente ciclo de la Escuela de Arquitectura.
Por ejemplo:
miércoles 23 de febrero de 2011, Henri Chomette: Des jeux reflets et de la vitesse (de los juegos de reflejos y de la velocidad) (1923-25 ,
miércoles 8 de diciembre de 2010, Corrado d´Errico: Stramilano (1929)
viernes 26 de noviembre de 2010, Rudolf Rex & Adalberto Kemeny: Sao Paolo, a sinfonia de metrópole (1929)
miércoles 27 de octubre de 2010, Joris Ivens: Regen (Lluvia) (1929)
jueves 14 de octubre de 2010, Alberto Cavalcanti: Rien que les heures (1925)
viernes 11 de diciembre de 2009, Jay Leyda: A Bronx Morning (1931)
o la mítica (la mejor, más poética)
martes 2 de noviembre de 2010, Jean Vigo: À propos de Nice (1930).
Bon appétit;
se añadirán varios más en las próximas semanas.
Quizá esa información pueda ser útil no solo a alumnos de tercer curso de la asignatura troncal de estética.
viernes, 25 de febrero de 2011
Asignatura troncal: resumen de la clase del 23 de febrero de 2011
Paul McCarthy Slideshow 02-07-09 from mxxx palmer on Vimeo.
Algunas veces, se tiene la impresión que las asignaturas de estética, historia y composición explican lo mismo. No solo estudian un mismo tema, la obra de arte o de arquitectura, sino que la abordan de modo similar. La repetición o duplicación no puede dejar de ser obvia.
Y, sin embargo, la composición, la historia y la estética, junto con otras materias o enfoques como la crítica (del arte o de la arquitectura) tienen como fin estudiar determinados aspectos de la creación artística, los cuales, juntos, ofrecen pueden desvelar el significado de la obra.
No abordaremos aún las diferencias y similitudes entre aquellas tres materias, sino que deberíamos responder previamente a una pregunta que quizá nos hayamos hecho: ¿son necesarios conocimientos previos para entender el arte? Éste, ¿no debería ser accesible a todo el mundo?, o ¿no sería preferible abordar la contemplación y la comprensión de las obras de arte sin juicios preconcebidos, sin conocimientos que puedan influir en nuestra manera de apreciar la creación y de analizarla o teorizarla? A menudo, en efecto, se ha dicho que todo los datos sobre el artista y la obra condicionan el encuentro con la obra; antes que facilitarlo, lo complican. La cabeza llena de datos y opiniones, mis sentidos ya están predispuestos para recibir de un modo prefijado la obra de arte.
La pregunta, sin embargo, que podríamos hacernos es: ¿es eso cierto? El conocimiento previo ¿es negativo para el juicio sobre el arte? o, planteada de otro modo: ¿puedo abordar la comprensión del arte sin saber nada de antemano?
Antes incluso de responder, cabría quizá una pregunta más inmediata: ¿es fácil o inmediato el reconocimiento de la obra de arte? o, ¿acontece como en una cita a ciegas? Sin haber visto ninguna foto, es difícil o imposible encontrarse con una persona desconocida en un espacio público, sobre todo si está lleno de gente, como, por ejemplo, un museo, un domingo, en una exposición de éxito.
La pregunta parece vana o absurda: ¿alguien duda de que sepamos reconocer un cuadro o una estatua en una sala llena de trastos, enseres, muebles y objetos decorativos? Supongo que cualquiera sabría hacia dónde mirar, es decir qué interpretar, dejando de lado los sofás cubiertos de cretona, o los productos de limpieza que se estarían utilizando si la sala se estuviera ordenando en aquel momento -en el caso de que dejaran entrar mientras se friega.
Los cuadros y las estatuas naturalistas parecen no plantear problemas de identificación. Todos sabemos qué es un cuadro y qué es una estatua. Mas, entonces, ¿nuestra mirada es totalmente inocente, si estamos en posesión de, al menos, esos conocimientos -¿innatos o adquiridos?
Desde que, en 1917, un urinario hubiera podido pasar por una obra de arte, es decir, hubiera sido considerado, aceptado como una obra de arte, y juzgado como se valoran las creaciones artísticas, todo puede acontecer en el arte: todo puede ser una obra de arte: polvo, residuos, basura, sangre, excrementos (la célebre escultura titulada, hace ya casi sesenta años: Merda d´artista, de Piero Manzoni), lo que sea. No hay nada, absolutamente nada -Kant precisaría: salvo lo que produce asco, pero esto acontecía en el siglo XVIII, y no es seguro que dicha observación fuera válida hoy- que no pueda ser o convertirse en arte.
Sin embargo, se produce de inmediato un problema: ¿cómo puedo reconocer una obra de arte -y el reconocimiento es previo, y necesario, para la interpretación de la obra- si todo puede ser arte: todo puede ser, mas no todo lo es. Incluso en una sala atestada de arte contemporáneo, no todo es arte: las puertas, las vitrinas, el extintor, el público no lo son, aunque la sala pueda exponer obras "en forma de" o consistentes en puertas, vitrinas, extintores, o público. Incluso cabe la duda ante el polvo en una esquina: ¿es fruto del olvido del personal de limpieza, o es una obra -maestra o no-?
La pregunta puede parecer ridícula, pero del mismo modo que es preferible -o necesario- saber quién es un juez (en un tiempo en que los jueces ya no llevan peluca) antes de un pleito, es imprescindible saber qué es arte antes de y para inquirir sobre su estatuto y su significado. Recuerdo anécdotas divertidas (y, luego, algo embarazosas para el estudiante) cuando empezaba a dar clases y era casi más joven que los alumnos: algunos me confundían con un compañero de fatigas y exponían todo lo que pensaban sobre, por ejemplo, la asignatura....
Si el reconocimiento no es inmediato o fácil, si, por tanto, tenemos que saber qué vamos a ver para verlo e interpretarlo, ¿se puede acudir la mente en blanco a una exposición? ¿De dónde, en caso contrario, proceden los datos necesarios para que la teoría del arte se pueda llevar a cabo?
Véase una acción de del californiano Paul McCarthy: Destruction of the Body, 2001, o del accionista vienés Otto Muehl, Psycho-Motorische Geräuschaktion (1967) (he buscado una acción "suave")
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






