martes, 11 de mayo de 2010

TRONCAL TARDES - To PLAY: Tocar o Jugar?

¿Puede la música como arte perder materia o hacerse incluso más abstracta en si misma? Ya vimos en su momento el caso de John Cage y en la última sesión comentamos algunos apuntes acerca de lo que Rubert definió como su proceso de ensimismamiento desde el atonalismo hasta la música electrónica, pasando por Schönberg.

Ahí van un par de piezas para seguir investigando...



Por años, Conlon Nancarrow sobrevivió prácticamente tomando puro café… Esto es muy simple, lo sé, pero en algunos momentos cuando su música toma un nerviosísmo particular, no puedo evitar el pensar en Conlon, de manera observada, tostando, moliendo y bebiendo su café. ¡Quizá el estómago de Nancarrow es tan texturizado como su música! Ahora, a pesar de las instrucciones del doctor, sigue sin arrepentirse, “¡no tengo remordimientos, hazlo de jóven y mientras puedas!”

Peter Garland, 1979


ASIGNATURA OPTATIVA: Apolo, arquitecto. Fuentes


La relación entre Apolo y la arquitectura está tratada sobre todo en:

Homero, Himno a Apolo:

http://www.scribd.com/doc/22490346/Homero-Himnos

1 Me acordaré y nunca me he de olvidar de Apolo, el que hiere de lejos, a quien temen los mismos dioses cuando anda por la morada de Zeus; pues tan pronto como se acerca y tiende el glorioso arco, todos se apresuran a levantarse de sus sitiales. Leto es la única que permanece junto a Zeus, que se huelga con el rayo: ella desarma el arco y cierra la aljaba; con sus mismas manos quita de las robustas espaldas el arco y lo cuelga del áureo clavo en la columna de su padre; y en seguida lleva a su hijo a un trono para que él tome asiento. El padre, acogiendo a su hijo amado, le da néctar de áurea copa; se sientan enseguida los demás númenes, y alégrase la veneranda Leto por haber dado a luz un hijo que lleva el arco y es vigoroso.
14 Salve, la bienaventurada Leto, ya que diste a luz hijos preclaros: al soberano Apolo y a Ártemis, que se complace en las flechas (a ésta en Ortigia y a aquél en la áspera Delos), reclinada en la gran montaña y en la colina cintia, muy cerca de la palmera y junto a la corriente del Inopo.
19 ¿Cómo te celebraré a ti, que eres digno de ser celebrado por todos conceptos? Por ti, pues, oh Febo, en todas partes han sido fijadas las leyes del canto, así en el continente, criador de terneras, como en las islas. Te placen las atalayas todas, y la punta de las cimas de las altas montañas, y los ríos que corren hacia el mar, y los promontorios que hacia éste se inclinan, y los puertos del mismo. ¿Cantaré cómo primeramente Leto te dio a luz a ti, reclinada en el monte Cinto, en una isla áspera, en Delos cercada por el mar? A uno y a otro lado, la ola sombría saltaba sobre la tierra, empujada por vientos de estridente soplo. Salido de allí, reinas ahora sobre cuantos mortales contiene Creta, y el pueblo de Atenas, y la isla Egina, y Eubea célebre por sus naves, y Egas, e Iresias, y la marítima Pepareto, y el tracio Atos, y las cumbres más altas del Pelión, y la tracia Samos, y las umbrías montañas del Isa, y Esciro, y Focea, y el excelso monte de Autócane, y la bien construida Imbros, y Lemnos de escarpada costa, y la divina Lesbos sede de Mácar Eolión, y Quíos la más fértil de las islas del mar, y el escabroso Mimante, y las cumbres más altas de Córico, y la espléndida Claros, y el alto monte de Eságea, y Samos abundante en agua, y las altas cumbres de Mícale, y Mileto, y Cos, ciudad de los méropes, y la excelsa Cnido, y la ventosa Cárpato, y Naxos, y Paros, y la peñascosa Renea: a tantos lugares se dirigió Leto, al sentir los dolores del parto del que hiere de lejos, por si alguna de dichas tierras quería labrar un albergue para su hijo. Pero todas se echaban a temblar y experimentaban un gran terror; y ninguna, por fértil que fuese, se atrevió a recibir a Febo, hasta que la veneranda Leto subió a Delos y la interrogó, dirigiéndole estas aladas palabras:
51 -¡Oh Delos! ¡Ojalá quisieras ser la morada de mi hijo, de Febo Apolo, y labrarle dentro de ti un rico templo! Pues ningún otro se te acercará jamás, lo cual no se te oculta; y no me figuro que hayas de ser rica en bueyes ni en ovejas, ni producir uvas, ni criar innumerables plantas. Si poseyeres el templo de Apolo, el que hiere de lejos, todos los hombres te traerán hecatombes, reuniéndose aquí; y siempre se elevará en el aire un inmenso vapor de grasa quemada; y mantendrás a los que te conserven libre de ajenas manos, ya que tu suelo no es productivo.
61 Así habló. Alegróse Delos y, respondiéndole, dijo:
62 -¡Oh, Leto, hija gloriosísima de Ceo el grande! Gustosa recibiría tu prole, el soberano que hiere de lejos; pues en verdad que tengo pésima fama entre los hombres, y de esta suerte llegaría a verme muy honrada. Pero me horroriza, oh Leto, este oráculo que no te ocultaré. Dicen que Apolo ha de ser presuntuoso en extremo y ha de ejercer una gran primacía entre los inmortales y también entre los mortales hombres de la fértil tierra. Por esto temo mucho en mi mente y en mi corazón que, en cuanto vea por vez primera la luz del sol, despreciará esta isla porque es de áspero suelo; y, trabucándola con sus pies, la sumergirá en el piélago del mar. Allí, la gran ola me bañará siempre y abundantemente la cabeza; él se irá a otra tierra que le guste, para erigirse un templo y bosques abundantes en árboles; y los pólipos harán en mí sus madrigueras y las negras focas sus moradas, descuidadamente, por la falta de hombres. Mas, si te atrevieras, oh diosa, a asegurarme con un gran juramento que primeramente se construirá aquí el hermosísimo templo para que sea un oráculo para los hombres y que después [...] sobre todos los hombres, puesto que será muy celebrado.
83 Así dijo. Y Leto prestó el gran juramento de los dioses:
84 -Sépalo ahora la tierra y desde arriba el anchuroso cielo y el agua corriente de la Estix -que es el juramento mayor y más terrible para los bienaventurados dioses-: en verdad que siempre estarán aquí el perfumado altar y el bosque de Febo, y éste te honrará más que a ninguna.
89 Luego que juró y hubo acabado el juramento, Delos se alegró mucho por el próximo nacimiento del soberano que hiere de lejos, y Leto estuvo nueve días y nueve noches atormentada por desesperantes dolores de parto. Las diosas más ilustres se hallaban todas dentro de la isla -Dione, Rea, Temis, Icnea, la ruidosa Anfitrite y otras inmortales- a excepción de Hera, de níveos brazos, que se hallaba en el palacio de Zeus, el que amontona las nubes: La única que nada sabía era Ilitia, que preside los dolores de parto pues se hallaba en la cumbre del Olimpo, debajo de doradas nubes, por la astucia de Hera, la de níveos brazos, que la retenía por celos; porque Leto, la de hermosas trenzas, había de dar a luz un hijo irreprensible y fuerte.
102 Las diosas enviaron a Iris, desde la isla de hermosas moradas, para que les trajera a Ilitia, a la cual prometían un gran collar de nueve codos cerrado con hilos de oro; y encargaron a aquélla que la llamara a escondidas de Hera, la de níveos brazos: no fuera que con sus palabras la disuadiera de venir. Así que lo oyó la veloz Iris, de pies rápidos como el viento, echó a correr y anduvo velozmente el espacio intermedio. Y en cuanto llegó a la mansión de los dioses, el excelso Olimpo, enseguida llamó a Ilitia afuera del palacio y le dijo todas aquellas aladas palabras, como se lo habían mandado las que poseen olímpicas moradas. Persuadióle el ánimo que tenía en su pecho y ambas partieron, semejantes en el paso a tímidas palomas. Cuando Ilitia, que preside los dolores del parto, hubo entrado en Delos, a Leto le llegó el parto y se dispuso a parir. Echó los brazos alrededor de una palmera, hincó las rodillas en el ameno prado y sonrió la tierra debajo: Apolo salió a la luz, y todas las diosas gritaron.
120 Entonces, oh Febo, que hieres de lejos, las diosas te lavaron casta y puramente con agua cristalina; y te fajaron con un lienzo blanco, fino y nuevo, que ciñeron con un cordón de oro. Pero la madre no amamantó a Apolo; sino que Temis, con sus manos inmortales, le propinó néctar y agradable ambrosía; y Leto se alegró por haber dado a luz un hijo que lleva arco y es belicoso.
127 Mas cuando hubiste comido el divinal manjar, oh Febo, el cordón de oro no te ciñó a ti todavía palpitante, ni las ataduras te sujetaron; pues todos los lazos cayeron. Y al punto Febo Apolo habló así entre las diosas.
131 -Tenga yo la cítara amiga y el curvado arco, y con mis oráculos revelaré a los hombres la verdadera voluntad de Zeus.
133 Habiendo hablado así, echó a andar por la tierra de anchos caminos Febo intonso, que hiere de lejos. Todas las inmortales se admiraron. Y toda Delos estaba cargada de oro y contemplaba con júbilo la prole de Zeus y de Leto, porque el dios la había preferido a las demás islas y al continente para poner en ella su morada, y la había amado más en su corazón; y floreció como cuando la cima de un monte se cubre de silvestres flores.
140 Y tú, que llevas el arco de plata, soberano Apolo, que hieres de lejos, ora subes al escarpado Cinto, ora vagas por las islas y por entre los hombres. Tienes muchos templos y bosques poblados de árboles, y te son agradables todas las atalayas y las puntas extremas de los altos montes y los ríos que corren hacia el mar; pero es en Delos donde más se regocija tu corazón, oh Febo, que allí se reúnen en tu honor los jonios de rozagantes vestiduras juntamente con sus hijos y sus venerables esposas. Ellos, acordándose de ti, te deleitan con el pugilato, la danza y el canto, cada vez que celebran sus juegos. Dijera que los jonios son inmortales y se libran siempre de la vejez, quien se encontrara allí cuando aquéllos están reunidos; pues advertiría la gracia de todos y regocijaría su ánimo contemplando los hombres y las mujeres de bella cintura, y las naves veloces, y las muchas riquezas que tienen. Hay, fuera de esto, una gran maravilla, cuya gloria jamás se extinguirá: las doncellas de Delos, servidoras del que hiere de lejos, las cuales celebran primeramente a Apolo y luego, recordando a Leto y a Ártemis, que se huelga con las flechas, cantan el himno de los antiguos hombres y mujeres, y dejan encantado al humanal linaje. Saben imitar las voces y el repique de los crótalos de todos los hombres, y cada uno creería que es él quien habla: de tal suerte son aptas para el hermoso canto.
165 Mas, ea -y Apolo y Ártemis no sean propicios-, salud a todas vosotras. Y en adelante, acordáos de mí cuando algunos de los hombres terrestres venga como huésped infortunado y os pregunte: "¡Oh doncellas! ¿Cuál es para vosotras el más agradable de los aedos y con cuál os deleitáis más?" Respondedle enseguida, hablándole de mí: "Un varón ciego, que habita en la escabrosa Quíos. Todos sus cantos prevalecerán en lo futuro". Y nosotros llevaremos vuestra fama sobre cuanta tierra recorramos, al dar la vuelta por las ciudades populosas de los hombres; y éstos le creerán porque es verdad. Mas yo no cesaré de celebrar al que lleva el arco de plata, a Apolo, el que hiere de lejos, a quien dio a luz Leto, la de hermosa cabellera.
179 Oh rey, posees la Licia, y la amable Meonia, y Mileto, la encantadora ciudad marítima; y, asimismo, reinas con gran poder en Delos, rodeada por el mar. El hijo de la ilustre Leto se encamina a la peñascosa Pito, pulsando la hueca cítara y llevando divinales y perfumadas vestiduras; y la cítara, herida por el plectro, suena deliciosamente. Allí desampara la tierra y, rápido como el pensamiento, se va al Olimpo, a la morada de Zeus, donde están reunidos los demás dioses; y enseguida los inmortales sólo se cuidan de la cítara y del canto. Las Musas todas, alternando con su hermosa voz, celebran los presentes inmortales de los dioses y cuantos infortunios padecen los hombres: los cuales, debajo del poder de los inmortales númenes, viven insensata y desaconsejadamente, y no pueden hallar medicina contra la muerte ni defensa contra la vejez. Las Gracias, de hermosas trenzas, las alegres Horas, Harmonía, Hebe y Afrodita, hija de Zeus, bailan cogidas de las manos; y entre ellas canta una diosa ni fea ni humilde, sino de grandioso aspecto y belleza admirable, Ártemis, la que se huelga con las flechas, que se crió juntamente con Apolo. También entre ellas Ares y el vigilante Argifontes juegan; y Febo Apolo tañe la cítara, andando gentil y majestuosamente, y brilla en torno suyo un resplandor al cual se juntan los rápidos y deslumbrantes movimientos de sus pies y de su túnica bien tejida. Y Leto, de doradas trenzas, y el próvido Zeus se regocijan en su gran corazón, al contemplar cómo su hijo juega con los inmortales dioses.
207 ¿Cómo te celebraré a ti, que eres digno de ser celebrado por todos conceptos? ¿Te cantaré entre los pretendientes, enamorado, al ir a pretender la doncella Azántide con el deiforme Isquis Elatiónida, de hermosos corceles? ¿O cuando luchabas con Forbante, del linaje de Tríopo, o con Ereuteo? ¿O con Leucipo y la mujer de Leucipo, tú a pie y éste en carro? Y en verdad que Tríopo no se quedó atrás. ¿O diré acaso cómo anduviste por la tierra, buscando por primera vez un oráculo para los hombres, oh Apolo, que hieres de lejos?
216 Desde el Olimpo bajaste primeramente a la Pieria, atravesaste el arenoso Lecto y los enianes y perrebos; enseguida llegaste a Yaolcos, subiste a Ceneo de Eubea, gloriosa por sus naves, y te detuviste en la llanura Lelanto, pero no le fue grata a tu corazón para erigir allí un templo y bosques poblados de árboles. Desde allí atravesaste Euripo, oh Apolo, que hieres de lejos, y subsiste a la verde divinal montaña; pero enseguida la dejaste, dirigiéndote a Micaleso y a la hermosa Teumeso. Y entraste en el suelo de Tebas cubierto de bosque; pues ninguno de los mortales habitaba aún la sagrada Tebas, ni había entonces sendas ni caminos en la llanura tebana, fértil en trigo, sino que la selva la ocupaba toda. Desde allí fuiste más lejos, oh Apolo, que hieres de lejos, y llegaste a Onquesto, espléndido bosque de Posidón. Cuando se llega a este bosque, el potro recién domado que tira de un hermoso carro, resuella a pesar de la carga, pues el conductor -por diestro que sea- salta del carro y anda a pie el camino; y los potros arrastran con estrépito los carros vacíos, libres del imperio del auriga. Y si los conductores llevan el carro adentro del bosque poblado de árboles, atienden solícitos a los caballos y dejan el vehículo inclinado -tal fue la costumbre que se siguió desde un principio-; ruegan luego al rey, y el hado del dios guarda entonces el carro. Desde allí fuiste más lejos, oh Apolo, que hieres de lejos, hasta alcanzar el Cefiso, de hermosa corriente; el cual, a partir de Lilea, esparce sus aguas que manan bellamente. Después de atravesarlo y de pasar por Ocálea, la de muchas torres, llegaste, oh tú que hieres de lejos, a la herbosa Haliasto. Allí te dirigiste a Telfusa -pues aquel favorable lugar te fue grato para erigir un templo y bosques poblados de árboles- y, deteniéndote muy cerca de aquélla, le hablaste con estas palabras:
247 -¡Telfusa! Aquí me propongo a construir un hermosísimo templo, que sea oráculo para los hombres, los cuales me traerán siempre perfectas hecatombes -así los que poseen el pingüe Peloponeso, como los que viven en Europa y en las islas bañadas por el mar- cuando vengan a consultarlo; y yo les profetizaré lo que verdaderamente esté decidido, dando oráculos en el opulento templo.
254 Diciendo así, Febo Apolo echó los cimientos anchos, muy largos, seguidos; y Telfusa, al verlo, se irritó en su corazón y profirió estas palabras:
257 -Febo soberano, que hieres de lejos, haré alguna advertencia a tu espíritu, ya que deseas construir un hermosísimo templo que sea oráculo de los hombres, los cuales te traerán constantemente perfectas hecatombes. Te diré, pues, una cosa que fijarás en tu memoria: aquí te molestará siempre el ruido de las veloces yeguas y de los mulos que se abrevan en mis sagradas fuentes, y los hombres preferirían ver en este sitio carros bien construidos y percibir el estrépito de corceles de ágiles pies, que no un templo grande y con muchas riquezas. Pero, si quieres dejarte persuadir -ya que eres, oh soberano, más poderoso y más excelente que yo, y tu fuerza es muy grande-, constrúyelo a Crisa, debajo de la garganta del Parnaso. Allá bi los hermosos carros te molestarán, ni el estrépito de los corceles de ágiles pies se alzará en torno del ara bien construida. Y las ilustres familias de los hombres ofrezcan dones al Ie-Peán; y tú, con espíritu regocijado, acepta los hermosos sacrificios de los hombres limítrofes.
275 Diciendo así, persuadió el espíritu del que hiere de lejos, con el fin de que la gloria sobre la tierra fuese no para él, sino para la misma Telfusa.
277 Desde allí fuiste más lejos, oh Apolo, que hiere de lejos, y llegaste a la ciudad de los flegias, hombres violentos; los cuales no se cuidan de Zeus y viven sobre la tierra en un hermoso valle, cerca del lago Cefíside. Desde allí, lanzándote con ímpetu, subiste rápidamente la cordillera y llegaste a Crisa al pie del nevado Parnaso, monte vuelto hacia el céfiro; de la parte superior, del cual cuelga una roca y por debajo se extiende un valle cóncavo y escabroso. El soberano Febo Apolo decidió construir allí un agradable templo y dijo estas palabras:
287 -Aquí me propongo construir un hermosísimo templo, que sea oráculo para los hombres, los cuales me traerán siempre perfectas hecatombes- así los que poseen el pingüe Peloponeso, como los que viven en Europa y en las islas bañadas por el mar- cuando vengan a consultarlo; y yo les profetizaré lo que verdaderamente está decidido, dando oráculos en el opulento templo.
294 Diciendo así, Febo Apolo echó los cimientos anchos, muy largos, seguidos; sobre ellos pusieron el lapídeo umbral Trofonio y Agamedes, hijos de Ergino, caros a los inmortales dioses; y a su alrededor innumerables familias de hombres construyeron el templo con piedras labradas, para que siempre fuese digno de ser cantado. Cerca de allí había una fuente de hermoso raudal, donde el soberano hijo de Zeus mató con su robusto arco una dragona muy gorda y grande, monstruo feroz que causaba en aquella tierra muchos daños a los hombres, y no sólo a ellos, sino también a las reses de gráciles piernas; pues era una sangrienta calamidad. Ella fue la que alimentó en otro tiempo al terrible y pernicioso Tifaón, calamidad de los mortales, después de recibirlo de Hera, la del trono de oro; pues ésta lo había dado a luz, irritada contra el padre Zeus, porque el Crónida engendró en su cabeza la gloriosa Atenea. Así que lo supo se irritó la veneranda Hera y habló de esta suerte ante los dioses reunidos:
311 -Sabed por mí, todos los dioses y todas las diosas, que Zeus, que amontona las nubes, ha empezado a menospreciarme, él antes que nadie, después que me hizo su mujer entendida en cosas honestas: ahora, sin contar conmigo, ha dado a luz a Atenea, la de los ojos de lechuza, que se distingue entre todos los bienaventurados inmortales; mientras que se ha quedado endeble, entre todos los dioses, este hijo mío, Hefesto, de pies deformes, a quien di a luz yo misma, y, cogiéndolo con mis manos, lo arrojé y tiré al anchuroso ponto; pero la hija de Nereo, Tetis, la de argénteos pies, lo acogió y cuidó entre sus hermanas. ¡Ojalá hubiese obsequiado a los dioses con otro favor! Mas tú, cruel y artero, ¿qué nuevo propósito maquinarás ahora ? ¿Cómo te atreviste a dar a luz sólo a Atenea, la de ojos de lechuza? ¿No la hubiera parido yo? ¡Y, no obstante, yo era tenida por diosa tuya, entre los inmortales que poseen el anchuroso cielo! Guárdate de que yo no medite algún mal contra ti en lo sucesivo: ahora me ingeniaré para que nazca un hijo mío, que se distinga entre los inmortales dioses, sin que yo manche tu lecho y el mío, ni me acueste en tu cama; pues, aunque apartada de ti, permaneceré entre los inmortales dioses.
331 Diciendo así, se alejó de los dioses, enojada en su corazón. Acto continuo se puso a rogar Hera veneranda, la de ojos de novilla, y, golpeando la tierra con su mano inclinada, dijo estas palabras:
334 -Oídme ahora, oh tierra y anchuroso cielo que estás arriba, y dioses Titanes que habitáis debajo de la tierra, junto al gran Tártaro, y de los cuales proceden hombres y dioses: ahora oídme, vosotros todos, y dadme un hijo, sin intervención de Zeus, que en modo alguno le sea inferior en fuerza, sino que le supere tanto como el largovidente Zeus supera a Cronos.
340 Diciendo así, azotó el suelo con su mano robusta y se movió la vivificante tierra; y ella, al notarlo, alegróse en su corazón, pues creyó que se cumpliría lo que había pedido. Desde entonces y por espacio de un año cumplido, ni una sola vez se acostó en la cama del próvido Zeus, ni se sentó en la silla artísticamente adornada, en que se sentaba antes para meditar juiciosos intentos; sino que, quedándose en sus templos frecuentados por muchos suplicantes, se deleitaba con los sacrificios Hera veneranda, la de ojos de novilla. Mas después que pasaron días y meses y, transcurrido el año, volvieron a sucederse las estaciones, Hera dio a luz un hijo que no se parecía ni a los dioses ni a los hombres: el terrible y pernicioso Tifaón, calamidad de los mortales. Hera veneranda, la de los ojos de novilla, lo cogió enseguida y, llevándoselo, entregó el monstruo al monstruo; la dragona lo recibió, y Tifaón causaba muchos males a las gloriosas familias de los hombres. Mas aquel que se encontraba con la dragona había dado con el día fatal; hasta que el soberano Apolo, el que hiere de lejos, le arrojó un fuerte dardo y quedó tendida, desgarrada por graves dolores, muy anhelante, revolcándose por el suelo. Entonces oyéronse una serie grande, inmensa, de chillidos; y la dragona daba muchas vueltas acá y acullá, dentro del bosque, hasta que por fin perdió la vida, exhalando un vaho sanguinolento. Y Febo Apolo, gloriándose, dijo:
363 -Ahora púdrete ahí, sobre el suelo que alimenta a los hombres, y ya no serás funesta causa de perdición para los vivos, que comen fruto de la fertilísima tierra y traerán acá fertilísimas hecatombes; pues no te librarán de la muerte ni Tifoeo ni la Quimera de odioso nombre, sino que te pudrirán aquí mismo la oscura tierra y el resplandeciente Hiperión.
370 Así dijo gloriándose; y a ella la oscuridad le cubrió los ojos. Allí la pudrió la sagrada fuerza del sol, y por esto aquel lugar es llamado Pito, y sus habitantes dan al rey el sobrenombre de Pitio, porque allí mismo la fuerza del penetrante sol pudrió al monstruo.
375 Entonces Febo Apolo comprendió en su espíritu que la fuente de hermoso raudal le había engañado. E, irritándose, se fue hacia Telfusa, la encontró enseguida, y. deteniéndose muy cerca de ella, le dijo estas palabras:
379 -¡Telfusa! No hubieras debido, después de haber engañado mi mente, dejar correr tu agua de hermoso raudal por ese agradable lugar que posees. Aquí resplandecerá también mi gloria y no la de ti sola.
382 Dijo. Y el soberano Apolo, el que hiere de lejos, haciendo resbalar una cumbre con las prominencias de sus rocas, ocultó las corrientes y erigió un altar en un bosque cubierto de árboles muy cercano a la fuente de hermoso raudal; y allí todos ruegan al soberano, dándole el sobrenombre de Telfusio, porque oprobió las corrientes de la sagrada Telfusa.
388 Luego Febo Apolo meditó en su ánimo qué hombres llevaría como iniciados en sus ritos para que fueran sus sacerdotes en la pedregosa Pito; y mientras revolvía estas cosas, vio en el oscuro ponto una nave veloz en que iban muchos excelentes hombres, cretenses de la minoia Cnoso, los cuales ofrecen sacrificios al soberano y anuncian cuantas decisiones revela Apolo, el de la espada de oro, dando oráculos desde el laurel en los valles del Parnaso. Estos, para atender a sus negocios y para lucrarse, navegaban en una negra nave hacia Pilos y los hombres nacidos en Pilos; mas Febo Apolo les salió al encuentro en el ponto y, habiendo tomado la figura de un delfín, saltó a la nave veloz y en ella se echó como un monstruos grande y horrendo. Ninguno de los marineros lo había notado ni advertido [...] la sacudía por todas partes y agitaba los maderos de la naves. Y ellos, temerosos, estaban sentados silenciosamente dentro de la nave, y ni soltaban los aparejos de la negra nave ni desataban la vela de la nave de azulada proa; sino que, como en un principio la habían puesto con las correas de piel de buey, así navegaban; y el impetuoso noto empujaba por la popa la rápida nave. Primeramente navegaron a lo largo de Malea y de la tierra lacónica y llegaron a Helos, ciudad marítima, y a Ténaro, lugar del Sol que alegra a los mortales donde pacen los rebaños de largas crines de este soberano, y es sitio ameno. Allí quisieron detener la nave y, desembarcando, contemplar el gran prodigio y ver con sus ojos si el monstruo se quedaría sobre la cubierta de la cóncava nave o se lanzaría nuevamente a las olas del mar abundante en peces; pero la nace bien construida no obedecía al timón, y fue recorriendo el camino a lo largo y más allá del pingüe Peloponeso, pues el soberano Apolo, el que hiere de lejos, la dirigía fácilmente con su soplo; y así, prosiguiendo su rumbo, llegó a Arena, y a la agradable Argífea, y a Trío vado del Alfeo, y a la bien edificada Epi, y a la arenosa Pilos y a los hombres nacidos en Pilos; pasó a lo largo de Crunos y Calcis, a lo largo de Dima, y a lo largo de la Elide, donde dominan los epeos; y cuando, animada por el viento favorable de Zeus, llegó a Feras, les aparecieron por debajo de las nubes el alto monte de Ítaca, Duliquio, Same y la selvosa Zacinto. Mas, así que hubo pasado a lo largo de todo el Peloponeso y a se veía el inmenso golfo de Crisa con que el pingüe Peloponeso termina, sopló por la voluntad de Zeus un recio viento, el sereno Céfiro, lanzándose impetuoso desde el éter para que la nave, corriendo, acabara de atravesar el agua salobre del mar. Entonces navegaron hacia atrás, hacia la Aurora y el Sol, guiándoles el soberano Apolo, hijo de Zeus, y llegaron al puerto de Crisa, la que se ve de lejos y está cubierta de viña; y la nave surcadora del ponto rozó las arenas.
440 Entonces se lanzó de la nave el soberano Apolo, el que hiere de lejos, semejante a un astro en medio del día -de él salían abundantes chispas y su resplandor llegaba al cielo-, y enseguida penetró en el templo por entre los preciosos trípodes. Allí el dios encendió una llama, mostrando sus armas, y el resplandor ocupaba toda Crisa: las esposas de los criseos y sus hijas de hermosa cintura gritaron por la impetuosa entrada de Febo, y a cada una le entró un gran temor. De allí saltó nuevamente, rápido como el pensamiento, para volar a la nave; semejante a un hombre joven y fuerte que acaba de salir a la juventud y lleva cubiertos por la cabellera sus anchurosos hombros. Y hablando así a los marineros, díjoles estas aladas palabras:
425 -¡Forasteros! ¿Quiénes sois? ¿De dónde llegásteis navegando por húmedos caminos? ¿Venís por algún negocio o andáis por el mar, a la ventura, como los piratas que divagan, exponiendo su vida y produciendo daño a los hombres de extrañas tierras? ¿Por qué estáis pasmados de esta manera y ni saltáis a tierra, ni dejáis los aparejos de la negra nave? Que ésta es la costumbre de los hombres industriosos, cuando en una negra nave llegan del ponto a la ciudad, rendidos de cansancio, y enseguida el deseo de una agradable comida se apodera de su corazón.
462 Así dijo, y les infundió audacia en el pecho. Y el capitán de los cretenses, respondiéndole, dijo a su vez:

464 -¡Oh, forastero! Puesto que en nada te pareces a los mortales ni por tu cuerpo ni por tu natural, sino solamente a los inmortales dioses, ¡salve y regocíjate mucho y que los dioses te colmen de bienes! Y ahora dime la verdad sobre esto, para que yo la sepa: ¿Cuál es este pueblo? ¿Cuál esta tierra? ¿Qué mortales han nacido aquí? Con otro intento navegábamos por el gran abismo del mar hacia Pilos desde Creta, donde nos gloriamos de tener nuestro linaje; y, aunque deseosos de volver a la patria, contra nuestra voluntad hemos venido aquí en la negra nave por otro camino, por otros derroteros, pues alguno de los inmortales nos ha traído sin que nosotros lo quisiéramos.
474 Díjoles en respuesta Apolo, el que hiere de lejos:
475 -¡Forasteros! Antes habitábais Cnoso, poblada de muchos árboles; pero ahora ya no volveréis a vuestras amables ciudades y hermosas moradas, ni a vuestras queridas esposas, sino que guardaréis mi rico templo honrado por muchos hombres: yo soy hijo de Zeus y me glorio de ser Apolo, y os he traído aquí por el gran abismo del mar no meditando ningún mal contra vosotros, sino para que guardéis aquí mi rico templo, muy honrado por todos los hombres, y conozcáis las decisiones de los inmortales, por cuya voluntad seréis también honrados siempre, constantemente, todos los días. Mas, ea, obedeced muy prestamente lo que voy a decir: amainad primeramente las velas, desatando las cuerdas, arrastrad a tierra firme la veloz nave, sacad las riquezas y los aparejos de la nave bien proporcionada, y erigiendo un ara en la orilla del mar, encended fuego, quemad la blanca harina y rogad después, poniéndoos alrededor del altar. Como en el oscuro ponto salté primeramente a la veloz nave, parecido a un delfín, invocadme llamándome delfinio; y el mismo altar, igualmente delfinio, será siempre famoso. Cenad después junto a la veloz nave negra y ofreced libaciones a los bienaventurados dioses que poseen el Olimpo. Y cuando hubiereis satisfecho el deseo de la dulce comida, venid conmigo y cantad Ie-Peán hasta que lleguéis al sitio donde guardaréis el rico templo.
502 Así dijo; y ellos le escucharon y obedecieron. Primeramente amainaron las velas, desataron el correaje y abatieron por medio de cuerdas el mástil hasta la crujía; luego saltaron a la orilla del mar, arrastraron la veloz nave desde el mar a tierra firme y la pusieron en alto, sobre la arena sosteniéndola con grandes maderos; y, finalmente, erigieron un ara en la orilla del mar: entonces encendieron fuego, quemaron la blanca harina y rogaron, como se les había mandado, poniéndose alrededor del altar. Tomaron luego la cena junto a la veloz nave negra y ofrecieron libaciones a los bienaventurados dioses que poseen el Olimpo. Mas cuando hubieron satisfecho el deseo de la dulce comida, echaron a andar; precedíales el soberano Apolo, hijo de Zeus, con la cítara en la mano, tañéndola deliciosamente y andando bella y majestuosamente; y los cretenses le seguían a Pito, golpeando el suelo y cantando el Ie-Peán, de la suerte que se cantan los peanes de los cretenses a quienes la Musa inspiró en el pecho el canto melodioso. Incansables, subieron con sus pies la colina y pronto llegaron al Parnaso y a un sitio agradable donde habían de habitar honrados por muchos hombres: en conduciéndolos allí, Apolo les mostró el recinto sagrado y el templo opulento. Conmovióseles el corazón en el pecho a los cretenses y su capitán dijo así, interrogando al dios:
526 -¡Oh, rey! Puesto que nos han llevado lejos de los amigos y de la patria tierra -así indudablemente le plugo a tu ánimo-, ¿cómo viviremos ahora? Te invitamos a meditarlo. Pues esta agradable tierra ni es vinífera ni de hermosos prados, de suerte que de ella vivamos cómodamente y alternemos con los hombres.
531 Sonriendo les contestó Apolo, hijo de Zeus.
532 -Hombres necios, desdichadísimos, que estáis ávidos de inquietudes, de graves pesares y de angustias en vuestro corazón: os diré unas gratas palabras que grabaréis en vuestra mente. Teniendo cada uno de vosotros un cuchillo en la diestra, degollad continuamente ovejas y tendréis en abundancia cuanto me traigan las gloriosas familias de los hombres; custodiad el templo y recibid las familias de los hombres que aquí se reúnan, y sobre todo cumplid mi voluntad.
[...] sea que fuere una vana palabra o alguna obra,. o una injuria, como es costumbre entre los mortales hombres [...] luego tendréis por señores a otros hombres por los cuales estaréis fatalmente subyugados todos los días. Todas las cosas te han sido reveladas: guárdalas en tu mente.
545 Y así, salve, Hijo de Zeus y de Leto; y yo me acordaré de ti y de otro canto.

HOMERO, Himnos , Trad. Luis Segalà, Barcelona, 1990

Consultar también:

Calímaco: Himno a Delos; Himno a Apolo

sábado, 8 de mayo de 2010

Brad Betts: The Builders (2005)



"Life Is A Tale Told By An Idiot Full Of Sound And Fury Signifying Nothing..."
(Shakespeare, Macbeth, V, 5, 17-28)

B-52´s: Mesopotamia (1982)



¿Acertó Enki en rescatarnos?

CLASE OPTATIVA: Resumen de la clase del martes 4 de mayo de 2010





Los humanos nunca han tenido una gran importancia en el mundo. Han padecido en comparación con las potencias sobrenaturales, incluso con los héroes y los seres del tiempo de los inicios. Los mitos griegos ni siquiera registran la creación del primer humano.
Por el contrario, los mitos mesopotámicos, que no conceden ningún valor a la humanidad -creada para cumplir con las bajas y fatigosas tareas de cultivar e irrigar los campos a fin de obtener alimentos ofrendados a los dioses-, ligan su aparición y su suerte al dios Enki, dios de los constructores.

La creación del ser humano era la astuta respuesta de Enki a una petición de An, el dios del Cielo, enfrentado a una conflictiva situación: la revuelta de los dioses ancestrales, los Apkallû (o Igigi), confinados en oquedades terrenales (simas, fosas, cuevas, etc.), cansados de laborar en beneficio de una nueva dinastía divina, encabezada por el Cielo (An), que se había asentado en las alturas. Ante este enfrentamiento, de consecuencias imprevisibles, Enki ideó y moldeó un fetiche, hecho de barro extraído de las aguas primordiales, realizó siete copias, sin duda mediante un molde, y los insertó en siete matrices primordiales creadas por la diosa-madre, la diosa de las aguas fecundas, Nammu o Ninmah, para la ocasión.
Nueve meses más tarde, nacían los siete prototipos de los distintos humanos que poblaban las ciudades y la corte mesopotámicas. Todos tenían defectos: eran tullidos, deficientes mentales o físicos, lo que dice bien poco sobre la imagen que los mesopotámicos tenían de sí mismo, o lo que revela el profundo conocimiento de la humanidad.
El-hombre-de-los-días-remotos (Umul), es decir, el que tiene ya muchos años (un anciano) o el que tiene toda una vida por delante (un bebé) era el primer humano: un recién nacido o un anciano: un ser débil, incapaz de valerse por sí mismo, en cualquier caso.

El encargo del Cielo a Enki es una prueba del talante de éste. Responde al prototipo de dios astucioso (en inglés, "trickster", un término, procedente de la mitología amerindia, que los antropólogos manejan para denominar a figuras sobrehumanas que se caracterizan más por su inteligencia que por su fuerza, y que son capaces de resolver, del modo que sea, con mano diestra o izquierda, directamente o con rodeos, cualquier incidente, porque tienen el poder de calibrar, maquinar y planear o planificar, aguardando, si hace falta, el momento oportuno. Son unos zorros.

Sin embargo Umul y sus siete hermanos, los humanos, eran obra de Enki, quien sentía cierta simpatía por sus criaturas -a las que podía defender, pero también castigar; los dioses no se sentían obligados a nada ni nadie.

Apenas creados, los humanos se multiplicaron. Crecieron hasta tal punto que el guirigay que ascendía de la tierra despertó al siempre somnoliento dios del Cielo (An): decidió cortar por lo sano -el Cielo, al contrario de Enki, no calcula bien las consecuencias de sus actos- y lanzar toda clase de calamidades en contra de los humanos -aún a costa de perder a quienes le alimentan-. Sin embargo, a cada vez, Enki se anticipa a la plaga (hambruna, sequía, epidemia) que, en nombre del Cielo, Enlil envía sobre la tierra: avisa a los humanos y les explica cómo sobrevivir (sacrificando solo a unos dioses en detrimento de otros, lo que genera suspicacias y enfrentamientos en las alturas), poniendo a cada vez, en evidencia a los causantes de los males.

Finalmente, furioso porque no logra acabar con la humanidad debido a la traición de Enki, Enlil le ordena que no se dirija más a los hombres directamente, justo antes de desencadenar un último cataclismo: un diluvio que durante cuarenta días y cuarenta noches, según el Génesis, o siete días y siete noches, según el mesopotámico Poema de Gilgamesh, disolverá el excesivo número de humanos.
El diluvio es un tema común en numerosas culturas. Quizá refleje algún cataclismo o la suma de desastres naturales -graves inundaciones causadas por lluvias excesivas, o el súbito ascenso del nivel del mar durante la fundición de los hielos al final del paleolítico- que causaron la desaparición de poblados y culturas.
Enki obedeció. No fue a ver a humano alguno. Por el contrario, habló solo al viento, el cual transportó las palabras hasta los oídos de un sacerdote fiel: Utnapishtim (llamado también Ziuszudra, el "Noé" mesopotámico: el tema del diluvio, tal como está recogido en el Génesis, deriva de mitos mesopotámicos, incorporados tardíamente en el Nuevo Testamento cuando los sacerdotes del Templo de Jerusalem, llevados prisioneros a Babilonia en el s. VII aC, entraron en contacto con las bibliotecas reales de aquella ciudad en las que numerosos mitos estaban ya codificados por escrito.

Enki ordenó al hombre sabio que construyera una arca, según unas muy precisas indicaciones, hecha a imagen de las aguas primordiales: el arca iba a ser un receptáculo de vida, cuya organización interior, con siete niveles, recordaba también los estratos del cosmos. Mandó que encerrara ejemplares de todos los seres vivientes y que, apenas cayeran las primeras gotas, cerrara y sellara con betún la escotilla y aguardara hasta que el nivel de las aguas, que iba a subir hasta tal punto que los mismos dioses se asustarían de lo que habían desencadenado, descendiera.
Así el hombre sabio procedió. Cuando, tras días durante los cuales la noche se hizo eterna y los hombres se disolvieron como terrones de azúcar, las aguas dejaron de sacudir el arca, el hombre sabio abrío la escotilla, y soltó pájaros (un cuervo, una golondrina y una paloma) hasta la que ésta no regresó, lo que era una señal de que había encontrado tierra firme donde posarse. Entonces, el hombre sabio descendió sobre la cumbre de la montaña contra la que había atracado la nave y dio gracias a los dioses.

La palabra con la que se designa la cumbre de esta particular montaña salvadora no es la palabra con la que habitualmente se designan los picos. De hecho, solo se emplea para denominar una obra de arquitectura, el zigurat, es decir, la pirámide escalonada que no puede faltar en el templo principal de cada ciudad, y que actuaba de alto basamento para una capilla divina: evitaba que la divinidad pusiera los pies en la tierra lo que habría acarreado, dado el carácter pernicioso de la tierra, la pérdida de su condición sobrenatural.

Un zigurat, entonces, es una montaña -no es solo una imagen o réplica de un monte, sino un monte verdadero-. Todas las ciudades poseen su zigurat, porque esta construcción recuerda el pico contra el que atracó el arca y permitió que la tierra fuera repoblada. De este modo, el zigurat era el perenne recuerdo de los desvelos de Enki hacia los humanos, quienes se sabían protegidos y tenían la esperanza de que, en caso de un nuevo cataclismo -los dioses son impredecibles- siempre tendrían la posibilidad de, una vez más, y gracias a Enki, de sobrevivir.

Enki, entonces, protegía a la humanidad, y la arquitectura parecía jugar un papel importante en su plan redentor. Ya había intervenido para completar y adecuar el espacio inicialmente creado por el dios del Cielo de manera desordenada o incompleta. Enki, tras la creación inicial, intervino para delimitar el espacio originario y llenar los canales de agua. Esta escena demostraba que los mesopotámicos anteponían la cultura a la naturaleza. Enki caía del lado de la cultura.

¿De qué otras acciones Enki respondía? y ¿qué significaban?

CLASE TRONCAL (MAÑANAS): Resumen de la clase del miércoles 5 de mayo de 2010



El conocimiento sensible que la estética propugna está cuestionado así como la veracidad de sus logros. La estética pretende, al igual que las ciencias (humanas, matemáticas, biológicas, etc.), descubrir la "realidad" del mundo, en qué consiste.
Sin embargo, en vez de proceder a través de experimentos, siempre repetibles y demostrables, basándose en un método probable, en el que la percepción sensible y los sentimientos apenas entran en consideración o deben de ser siempre controlados, la estética afirma que podemos llegar a descubrir la verdad, los secretos, lo que constituye el mundo que nos rodea (personas, enseres, paisajes, etc.) y nosotros mismos a través de la sola percepción sensorial, que nos aporta, a través de las imágenes captadas, datos fundamentales sobre lo que es lo que percibimos.

Mas, los sentidos, engañan. Supongo que todos hemos tenido la experiencia de estar convencidos que llueve, gracias a lo que oímos, cuando, en verdad, luce el sol; de estar convencidos que una persona conocida está a cierta distancia de nosotros pero, cuando nos acercamos, descubrimos, a veces en el último momento, que no es ella: la vista, en este caso, como el oído, en el anterior, nos ha confundido, "engañado".
A este problema, Proust replicó que los sentidos sí son fiables; es la razón la que no lo es. En tanto que seres activos, necesitamos tener un buen conocimiento de lo que ocurre alrededor nuestro para poder actuar, movernos, etc. La razón, entonces, se fija o registra, como un sismógrafo, alteraciones bruscas en las sensaciones que denotan que algo ocurre, algún cambio importante acontece al que tengo que prestar atención. Mas, si la percepción no capta más o menos siempre lo mismo, pronto la razón "desconecta", entra "en modo aletargado", y las sensaciones son almacenadas sin más en la memoria. No nos damos cuenta, sin embargo, que, en ocasiones, son los cambios imperceptibles los que registran, como signos casi invisibles o temblores que casi no sentimos, lo que va a ocurrir, los que aportan pistas que deben seguirse. Por tanto, las sensaciones (correctas, bien relacionadas con lo que las ha producido, como si emanaran directamente del entorno, como señales que el entorno envía y lois swentidos captan) que la razón registra son insuficientes o están mal interpretadas. Los sentidos sí son eficaces a la hora de captar lo que ocurre; es la razón, somos nosotros, los que no les prestamos la debida atención. Ello ocurre porque si estuviéramos constantemente pendiente de las señales que nuuestros sentidos captan, no haríamos nada más. Tendríamos una vida enteramente contemplativa -la de monjes, pensadores, artistas, personas retiradas del mundo activo.

Borges, al igual que Proust, sostiene que existen unas personas capaces de estar siempre atentas al mundo (o a ellas mismas). Estas personas, particularmente "sensibles", son los poetas y los artistas en general, mal dotados, en cambio, para la vida activa o práctica (estan en las nubes, en Babia, no tocan de pies a tierra, se dice, "fan volar coloms", etc.).
Además, de este don o capacidad, tienen, a veces, el talento necesario, innato o cultivado, para plasmar sus "visiones" en obras de arte, que nos muestran, así, lo que han descubierto acerca de lo que les envuelve o les ocurre. Y estos datos, estas visiones, fugazmentre captadas y debidamente fijadas en un soporte material, son instantáneas que revelan aspectos desconocidos pero memorables, dignos de ser observados y recordados, sobre el mundo o nosotros.

La estética sería, entonces, un método de conocimiento certero, distinto del científico, pero tanto o más eficaz para registrar y exponer parcelas ocultas, desconocidas y reveladoras de nuestro entorno o de nosotros mísmos.
La estética podría captar lo que escapa al escrutinio de la ciencia convencional: el impacto que el mundo tiene sobre nosotros, las relaciones afectivas o sentimentales que establecemos con el mundo (nuestra casa o nuestro espacio, por ejemplo), las proyecciones, las relaciones de simpatía u odio que se forzan entre nosotros y el mundo. Estas imágenes sensibles revelarían tanto verdades como puños acerca del mundo como de nosotros, de nuestro modo de relacionarnos o proyectarnos en el mundo.

Mas, ¿qué es la verdad aquí tratada?

Si existe un concepto sobre el que es difícil llegar a un acuerdo, este es el de la verdad. Tantas verdades existen, se dice, cuantos observadores u opiniones se vierten.
Para llegar a saber entonces de qué estamos hablando, quizá se pudiera pensar en lo opuesto a la verdad a fin de, por contraste, ceñir mejor lo que perseguimos: la verdad del mundo o de nosotros, perseguida a través del conocimieto sensible (de la realidad o de una obra de arte), de la estética o la teoría del arte. Qué significa, de verdad, lo que observo alrededor mío, ya sea en la realidad o en una obra de arte, qué me revela de significativo, qué descubro que no sea un engaño.

Mentira y verdad se suelen oponer. A una persona de quien se espera que cuenta la cerdad se le pide que no mientas más. Sin embargo, ya Platón observó -y los mitos estaban allí para corroborar su comentario- que la verdad no siempre es beneficiosa (la fecha de la muerte, o una muerte ineludible, al igual que una ruptura, no es algo que todo el mundo quiera saber) y que la mentira, bajo la forma de un cuento o un engaño, suaviza los aspectos más hirientes de la verdad haciendo que su descubrimiento, siempre velado, o entrevisto, sea más soportable. Por otra parte, la búsqueda de la verdad requiere a veces el uso de la mentira, de pistas falsas que tienen como fin llevar a lo que o a quien se persigue (para que cuente lo que sabe), a que se contradiga y revele, de modo involuntario, lo que se niega a confesar. Este método, policíaco o detectivesco, muestra que la mentira puede ser una aliada de la verdad, "dorando la píldora" o sorteando las defensas que la verdad erige.

Si la verdad no se opone a la mentira, ¿cual sería el concepto antitético?

Verdad, en la Grecia antigua -y la verdad, en Occidente, es un concepto que la filosofía griega estudió con más ahinco-, se decía aletheia. Sustantivo que nos puede parecer extraño o incomprensible, pero que una observación detenida revela que la letra inicial "a" puede ser la particula negativa que aún utilizamos en algunas lenguas latinas modernas. Si así fuera, aletheia significaría ausencia de letheia.
Letheia derivaba del sustantivo Lethe, un nombre propio y común. Era, por ejemplo, el nombre de uno de los cuatro ríos del infierno que trazaba una frontera entre el reino de los vivos y el de los muertos, y constituía una barrera eficaz que impedía que los muertos retornaran a la vida. Ya que, en efecto, el río Leteo era el río del olvido cuyas aguas las almas en pena, que descendían al infierno tras la muerte de un ser vivo, estaban obligadas a beber a fin de que cualquier recuerdo que tuvieran de su vida pasada y necesariamente más agradable que la que les esperaba en el reino de las sombra se borrara. Así, las almas, incapaces de recordar nada no tratarían de buscar el camino de retorno a la vida.
Lethe -y de ahí, letargo y letal, lo que asocia el olvido con el sueño y la muerte (quienes padecen Alzeihmer son, en efecto, casi muertos en vida, incapaces de valerse por sí mismos)- era el olvido.
Aletheia, por tanto, significaba falta o ausencia de olvido -no-olvido.
La verdad, entonces, era lo que no se olvidaba o lo que luchaba contra el olvido.
La estética (el conocimiento a través de los sentidos) que busca la verdad de lo que observa y que, posteriormente, será plasmada, si el observador tiene talento artístico, en una obra, busca hallar y fijar imágenes memorables de lo que nos rodea; Gracias a éstas, el recuerdo vivo del mundo perdura. Los poetas y los artistas son quienes tienen la capacidad de recordar más y mejor y de fijar sus recuerdos en obras de arte que guardan y revelan, para siempre, aspectos de una realidad que habría desaparecido, engullida por el tiempo (el olvido) si no hubieran quedado registradas en la materia, en la materialidad de una obra.

Conocer estéticamente el mundo es hallar aspectos del mundo digno de ser recordados -porque dicen la verdad sobre lo que nos rodea, o sobre nosotros mismos.-; hacer arte, es plasmar estas impresiones memorables; y teorizar sobre el arte consiste en buscar estos significados verdaderos, hallados en las formas sensibles, que el artista ha plasmado a través de las formas y las materias más adecuadas.

Así, el arte es un vehículo eficaz contra el olvido y la muerte. De algún modo, se trata de un método de probada eficacia. Los restos de cualquier figura del pasado se han desvanecido y son irrecuperables; pero su recuerdo, los rasgos que informan cómo era esta persona o este lugar, sí perviven en la obra de arte (en el mito, el cuento, la novela, la obra de teatro, la pintura, la fotografía, el cine o el documental, la estatua o la arquitectura; incluso la música). Sabemos cómo éramos gracias al arte. Un método valioso para luchar nuestra humana condición, nuestra condición mortal; un método certero para alcanzar la inmortalidad, algo que el arte siempre pretende. Quizá no seamos capaces de recordar cómo éramos hace años (salvo por las fotografías y filmaciones que nos hayan podido hacer), pero ¿quien no recuerda el rostro de Alejandro -o de la Mona Lisa- y la determinación o la seguridad que los embargaba -gracias a los innumerables bustos que han rescatado su efigie del tiempo, o gracias a una única, e imperecedera, pintura?

jueves, 6 de mayo de 2010

TRONCAL TARDES (también mañanas) -The Origin of Love



En la sesión que Jessica Jacques impartió por la mañana del miércoles 28.4 nos deleitó con esta perla de la película Hedwig and the Angry Inch (2001) dirigida por John Cameron Mitchell.

No dejéis de prestar atención a la letra, sin perder detalle de las fantásticas ilustraciones y la puesta en escena del propio JCM en el personaje de Hedwig.


Y una escena más de la película. No os perdáis el movimiento de little Hedwig (Hansel)... pero no intentéis imitarlo!!